Un niño jugando a ser maestro

REFLEXIÓN

Jhoan S Sierra V

3/17/20265 min leer

Solo soy un docente primerizo; en esencia aún tengo mucha ingenuidad sobre mi labor con mis estudiantes. Al llevar menos de dos años ejerciendo la docencia en universidades, creo que aún no tengo la pericia para conocer muchas de las mañas y costumbres que los estudiantes tienen en clase. Además, soy una persona a quien le ha costado mucho comprender los temas que ahora imparte, pero por eso mismo, al igual que la gran mayoría de docentes, busco las maneras más simples pero poderosas de enseñar matemáticas. Aún así, luego de convivir con esta ciencia tan pura, llego a pensar que es en sí la naturaleza de las matemáticas la que hace que estos procesos de aprendizaje sean tan complicados, ya que lo que brindan son herramientas. Herramientas poderosas en extremo y, por su versatilidad, tan difíciles de comprender. Imagina que te dicen que tienes una herramienta que sirve para construir cosas; lo más natural es preguntarse: ¿qué cosas? ¿Puedo construir muebles? ¿Puedo construir aviones? ¿Puedo construir puentes? Y que a todo esto la respuesta sea sí. En definitiva, debe ser una herramienta tan versátil que lo complicado no sea saber para qué sirve, sino encontrar en un problema muy específico cómo usarla. Esas son, para mí, las matemáticas.
Cada vez que enseño una fórmula, un teorema, un corolario a un estudiante, le estoy enseñando cómo usar la herramienta. Lo difícil está en que, con toda su versatilidad, el estudiante aprenda a reconocer en qué momento usarla. Tomemos por ejemplo una línea, algo simple ¿verdad? Una de las funciones más sencillas de todas y aún así tan poderosa, tanto que aparece en infinidad de aplicaciones, y por lo mismo es fácil no saber dónde usarla. Hoy en día puedo decir que la línea es la amiga y enemiga de todos: se puede usar para hacer un dibujo uniendo muchos segmentos, para separar un espacio si estamos trabajando en dos dimensiones, para predecir el precio de un boleto de avión, o en algoritmos que designan pesos y valores según la necesidad de una industria específica. Ya no suena tan inocente esa línea, ¿verdad? Y aún así lo difícil no es escribirla, sino aprender a usarla y, más aún, saber en qué momento es una excelente herramienta y en qué otro es simplemente una pérdida de tiempo el siquiera considerarla. Mi labor como docente es enseñar cómo se usa la herramienta y dar pistas —porque solo eso se puede dar— de en qué escenarios estos futuros profesionales podrían necesitarla.
Ante eso, gran parte de mis clases se basa en que se comprendan las ideas de fondo de cada tema, y que sean los estudiantes, por sí solos, quienes vayan descubriendo poco a poco esas utilidades en sus carreras. Veo este proceso como un camino de crecimiento, y por eso he optado por dividir el aprendizaje de mis estudiantes en tres etapas.

La niñez


La primera etapa corresponde usualmente al inicio del semestre. En ella les aclaro que para mí son niños, no por su edad —pues muchos son mayores de edad—, sino por el momento del aprendizaje: es aquí donde más ayuda necesitan.

En esta etapa les enseño a leer matemáticas. Al margen del tablero construimos un glosario: qué significan los símbolos, cómo se leen, cuáles son las primeras definiciones. Se necesita calma y muchos ejemplos, principalmente un paso a paso de qué hacer en cada ejercicio y cómo afrontar los problemas iniciales. Siento que esto les ayuda a ganar confianza, y en eso también consiste mi labor: ser un acompañante ante las angustias, no solo un evaluador.
En esta etapa también aprenden a comunicar ideas. Por más miedo que le tengan al tablero, pasar al frente y explicarles a sus compañeros en sus propias palabras lo que hacen —como si estuvieran jugando al profesor— es esencial. Esta etapa termina con algo sencillo: la réplica. Que puedan hacer un trabajo con tiempo y que luego ese mismo trabajo sea el que presenten en el parcial es, para mí, la señal de que ya pueden pasar a una etapa mucho más activa en su propio aprendizaje.

La adolescencia


En esta etapa ya no son niños, ya saben leer, replicar y comprenden lo básico; es hora entonces de subir la intensidad. La ayuda disminuye: deben ser capaces de interpretar por sí mismos parte de los enunciados del libro guía.

Sigue siendo una etapa guiada. A pesar de construir conmigo un paso a paso —en el que solo hago de guía—, se enfrentan a problemas y deben escoger bien los parámetros, identificar qué variables y qué piezas corresponden en cada paso. Dado que han desarrollado cierta madurez, los ejemplos deben venir de ellos mismos, conectados con su carrera; esto refuerza el uso de estas herramientas e incentiva su posible aplicación en el futuro profesional. En esta etapa, un taller o trabajo más retador es necesario: los mismos conceptos pero con variables distintas, para que busquen cómo adaptar lo que ya saben a nuevos contextos.

La adultez


La tercera etapa es la más dura. Es más solitaria, con menos ayuda y con retos de un nivel mucho mayor. Vale la pena aclarar algo sobre esta etapa: la mejor ayuda es la que no se da. Los retos deben ser desafiantes y las pistas, mínimas, para que sean ellos mismos quienes exploren las soluciones. Es una etapa más frustrante y, por lo mismo, la recompensa es más placentera.

En esta etapa prefiero dejar un compendio de ejercicios, cada uno más difícil que el anterior, disponible desde el inicio del corte. El tiempo debe ser amplio para que puedan pensar en qué herramienta usar y cómo usarla apropiadamente. La resolución de estos ejercicios depende de cuánta autonomía tiene el estudiante para afrontarlos con calma y a un ritmo constante. Con práctica, comenzará a adquirir esa difícil y escasa intuición matemática de cómo solucionar las cosas. Y es en ese instante, cuando lo logran, que tienen una capacidad matemática digna de pasar la materia.

Mi propia etapa


Este camino de crecimiento es duro. A decir verdad, no es la nota final lo que importa, sino lo que se ha adquirido en el camino: la paciencia, la estructura y la comprensión de los problemas.

Quizá es aquí donde mi ingenuidad juega en mi contra. La nota no importa, pero el esfuerzo sí, y para alguien con poca experiencia como yo es difícil comprender cómo distinguir el esfuerzo genuino de la farsa o la copia. Me hace falta mucho por aprender: cómo ser un buen docente, cómo guiar mejor a mis estudiantes, cómo seguir creciendo en este oficio.

En estos momentos, solo soy un niño jugando a ser maestro.